


















LOS TRABAJADORES ANTES DEL CAPITALISMO
La historia de los trabajadores suele ser iniciada con el surgimiento del proletariado y la acción sindical. Pero, sabido es, que los trabajadores han estado presentes con anterioridad a estas experiencias. La negación de la etapa anterior no es casual. Por una parte, es un síntoma del interés que tenían los historiadores que desde la década de los 50- comenzaron a reconstruir la historia popular. Su prioridadestaba en la clase obrera moderna y sus antecedentes. Por otro lado, las huellas de la época anterior a 1850 son más indirectas, por la ausencia de un proyecto popular que los hiciera visibles. Al no existir organizaciones, la presencia de los trabajadores debe detectarse a través de otros canales, como los procesos judiciales y los documentos notariales. Los primeros estudios sobre las masas de trabajadores en la etapa precapitalista se refirieron más bien a los aspectos jurídicos y económicos de las relaciones laborales. Sólo últimamente el interés de los historiadores se ha volcado a estos sectores desde una perspectiva integral.
1.- Los sectores populares
Por debajo de la clase dirigente, una minoría que incluía a la alta burocracia (civiles y militares), la jerarquía eclesiástica y los grandes mercaderes y hacendados, se encontraba un vasto contingente de sectores subordinados, que desde sus múltiples ocupaciones mantenían la vida de la colonia.Este mundo popular laboral estaba constituido por grupos que se definían según la ocupación que desarrollaban. El trabajo no tenía solo una función económica, sino sobre todo un componente valórico y social, que se insertaba dentro de una cosmovisión cristiana. Trabajar era parte de un orden social, una obligación que quedaba radicaba, en gran medida, en los sectores populares. Desarrollar una actividad laboral o permanecer como clase ociosa era una tensión permanente en este período. Las clases laboriosas eran los inquilinos, los campesinos, los artesanos y la servidumbre doméstica. En los márgenes quedaban los peones libres, quienes por la intermitencia o temporalidad de su actividad, quedaban generalmente sometidos a la acción compulsiva de la autoridad. Y fuera del mundo laboral, estaban los ociosos y malentretenidos, una masa potencialmente reclutable para cualquier actividad que requiriera mano de obra.
a.- Los ociosos y malentretenidos
La legitimidad del orden social se entendía, por entonces, a través de la función que le correspondía a cada grupo social. Para el pueblo, esta función estaba enmarcada dentro del trabajo. Los vagamundos (o vagabundos), los bandidos y las bandas de peones alzados eran la amenaza más clara a este esquema. Pero también aquellos que se buscaban medios de vida en actividades inmorales, como las mujeres ocupadas en chinganas y fondas.La reconstrucción histórica de los sectores que buscaron desarrollar formas de vida alternativas al orden social hegemónico ha sido abundante. La duda que asalta, tras su lectura, es si tales comportamientos permiten hablar de una rebeldía primitiva, es decir, de formas casi institivas de resistencia a la opresión. Los indicios no son categóricos, pero se orientan en un sentido menos idealizado de estas acciones. Por ejemplo, las bandas de cuatreros características del período colonial muchas veces se concentraban en despojar a los mismos campesinos pobres, y no a los ricos hacendados.La represión al bandidaje intentaba ser controlada por los hacendados. Lo mismo sucedía, sin gran discriminación, con los gañanes que deambulaban y salían a recorrer los caminos. Parte de esta población errante, no sometida a disciplina alguna, era forzada a incorporarse a las labores agrícolas en la época
de mayor demanda de mano de obra. También existía un fuerte control a los lugares de diversión popular.
b.- El campesino: pequeños propietarios e inquilinos
En el vértice opuesto estaba el campesino que cultivaba la tierra. Algunos eran propietarios, pero este segmento fue disminuyendo mientras más se valorizó la actividad agrícola, entrando el siglo XVIII. Una buena cantidad se transformó
en arrendatario o tenedor precario. El origen de los inquilinos es difuso, debido a que surgió como una práctica que no necesitaba de un registro por escrito. Algunos autores (Góngora), sugieren que a mediados del siglo XVIII (con la expansión de la producción de trigo) los hacendados comenzaron a requerir personas que se asentaran en los
límites de los predios, para así asegurar su propiedad. A cambio podían cultivarlos. Pero la necesidad de disponer de mano de obra hizo disminuir esta función inicial. Así habría surgido el sistema de inquilinaje, basada en la entrega de ciertos beneficios (derecho a disponer de un terreno para su cultivo, a cortar árboles, pastoreo, ración de alimentos, etc.), a cambio de mano de obra disponible para la etapa de cosecha. Cuando la demanda por trabajadores siguió creciendo, aumentaron las exigencias sobre los inquilinos, llegando incluso a exigirles que aportaran mano de obra adicional (parientes o afuerinos), en calidad
de obligados. Los pequeños propietarios siguieron existiendo, pero generalmente en las zonas agrícolas menos valoradas económicamente. Y siempre sometidos a la presión de los grandes latifundistas, que buscaban extender sus dominios. Muchos de ellos, agobiados por las deudas, se transformaban en inquilinos. Si bien los campesinos vivieron muchas formas de explotación, en especial con la expansión de la hacienda en los siglos XVIII y XIX, valoraban altamante la relativa autonomía que conservaban.
c.- Los peones o gañanes
Los peones libres estaban constituidos por la masa de trabajadores disponibles para las actividades temporales, fueran estas agrícolas o mineras. El término libres debe entenderse en forma relativa, ya que la obligación a tener oficio conocido hacía difícil conservar tal libertad. El control que se ejercía sobre los peones era fuerte. Existían salvoconductos o pases paradesplazarse por los caminos. En los lugares de trabajo se mantenía la presencia de guadias armados. Los despachos de licores y las chinganas, la casas de remolienda eran también fuertemente controladas.Los peones eran vistos como permanentes sospechosos. La justicia aplicaba su ley, y por ello han quedado algunos vestigios de ellos. Durante el siglo XVIII aumentó el contingente de gañanes, que invadió los caminos (era común echarse al camino) buscando alguna ocupación ocasional. En parte esto se debió a que las tierras cultivables fueron valorizadas económicamente, las obligaciones de los inquilinos aumentaron y los campesinos pobres fueron expulsados de sus tierras o bien confinados a los sectores menos productivos. Los trabajos de obras públicas atrajeron a una parte de esta mano de obra, ocupada a veces de un modo forzoso, por comida o por un jornal. También se concentraron en las minas de cobre y plata, como apires o cargadores. Su constante desplazamiento hacia los centros productivos los llevó a migrar. Otros se acercaron a los centros urbanos y se instalaron a su alrededor, en ranchos, trabajando como comerciantes, cargadores, trabajadores de la construcción.
d.- Los artesanos
La actividad manufacturera fue desarrollada por artesanos durante todo el periodo colonial, y las primeras décadas de la República. Aunque el comercio
internacional lograba abastecer algunas necesidades internas (lo que se amplió a partir del siglo XVIII, con la eliminación del monopolio español), la mayor parte de las necesidades de vestuario, mobiliario y vivienda eran abastecidas por la
pequeña producción artesanal. Como es obvio suponer, la demanda era ejercida por la clase alta y los funcionarios públicos, ya que el pueblo vivía en condiciones de gran pobreza material. Un típico rancho no tenía más que paredes, cajones, una cubierta para comer y un fogón. Los artesanos no estaban organizados con la rigidez de los gremios europeos medievales, pero sí tenían una jerarquía interna, a veces un arancel común, un mecanismo que fijaba condiciones de ingreso, etc. A veces se vinculaba con cofradías religiosas. Los más importantes artesanos se relacionaban con oficios especializados, que eran regulados por el Cabildo (orfebrería, talabartería, ebanistería), pero también había actividades artesanales más libres.
e.- Las actividades domésticas
El empleo de servidumbre doméstica se remonta a la época colonial. Tanto para las labores de crianza de niños como de cuidado del hogar, la clase alta mantenía una gran cantidad de hombres y mujeres, en su mayoría mujeres, de todas las edades, generalmente indígenas, mestizas, mulatas o negras. La servidumbre era una categoría social que quedaba asociada a la familia a veces por generaciones. El status social de las familias se expresaba, entre otras formas, a través de la tenencia de sirvientes. Muchos de ellos, en situación de servidumbre o esclavitud eran parte del patrimonio de la familia. Entre los sirvientes había una jerarquía, que diferenciaba a unos y otros por el tipo de vínculo que mantenía con la familia. Algunas sirvientes, por ejemplo, se dedicaban a la crianza y educación de los hijos, mientras otros se dedicaban a labores menos importantes.
2.- Represión, caridad y bien común
Para mantener asegurado este orden social jerárquico, el Estado aplicaba ciertos mecanismos de control y vigilancia sobre los súbditos de la Corona. En los hechos este papel también quedaba radicado en los poderes locales, es decir, la aristocracia criolla y la iglesia. El poder no se aplicaba en forma indiscriminada y sin contrapeso. La autoridad durante la Colonia era entendida y aplicada según los criterios que imponía el Bien Común. Esta noción, de origen cristiano, debía asegurar la justicia, es decir la garantía de ocupar el lugar, el status y recibir los privilegios apropiados para cada condición social.
Los distintos sectores (gremios de artesanos, burocracia estatal, comerciantes, etc.) ocupaban un lugar diferenciado en la escala social y la legislación debía garantizar esa diferencia. Los de mayor status, por ejemplo, debían ser oidos al adoptarse ciertas medidas arancelarias (por ejemplo, los artesanos y los comerciantes). Pero en los niveles bajos de la escala social había grupos que recibían también una consideración especial: eran los pobres de solemnidad, conformados generalmente por mujeres solas o con niños, inválidos y ancianos desamparados. El Estado les otorgaba medios de subsistencia, por ejemplo a través de la cesión de derechos de explotación minera (en las riberas de los rios), o de la autorización para solicitar limosna. La Iglesia, a través de congregaciones especializadas, se encargaba de acoger a los niños abandonados (Casa de Huérfanos), las mujeres de mala vida (Casa de las Recogidas) y en general los pobres más desamparados. En materia laboral, la doctrina juridica del Bien Común obligó a la Corona española a crear ciertos resguardos frente al abuso que se ejercía contra los débiles. Los indígenas fueron los primeros favorecidos por estas leyes, aunque su aplicación fue limitada por las condiciones de intervención de la Corona y el peso de los grupos de poder locales. Un ejemplo de esto fue el límite de edad para trabajar en ciertas labores (en los yacimientos mineros). También existieron regulaciones en materia laboral que fueron incorporadas en diversas Leyes de Minas (medidas de seguridad, mecanismos de supervición técnica, etc.). Si bien la sociedad colonial estaba muy jerarquizada, disponía de mecanismos de protección que sobrevivieron después de la Independencia. Solo el proyecto liberal de mediados del siglo XIX los fue eliminando.
3.- La idealización del rebelde primitivo: ¿subordinación o rebeldía?
¿Qué papel cumplió el pueblo en la epoca colonial, antes del surgimiento de las organizaciones populares? Ese ha sido el gran tema de debate entre los historiadores. Los primeros que se dedicaron al tema laboral pusieron atención en las formas de organizacion sindical y politica de los obreros. Por eso miraron con cierta indiferencia esta etapa. Aunque autores como Segall reconocieron la existencia de una rebeldía popular (o guerra social) expresada de múltiples formas en los siglos coloniales, la veian como precursora de procesos que vendrían con posterioridad. En la década de 1980 una nueva generación de historiadores sociales se detuvo a estudiar el papel que había desempeñado las clases populares antes del siglo XIX, el punto de inicio de la mayoria de los estudios laborales hasta entonces. Esta elección debe entenderse dentro de un debate político derivado de la crisis provocada por la ruptura de 1973, al interior de la izquierda.
En esta revaloracion de la historia social colonial emergieron nuevas figuras colectivas, nuevos sujetos, hasta entonces despreciados por su marginalidad (el labrador, el trabajador errante, el pequeño campesino, el pirquinero, etc.) y nuevas prácticas colectivas (el asalto, el robo sistemático, múltiples formas de rebeldía social). Gabriel Salazar ha sido uno de los principales exponentes de esta escuela. La conflictividad permanente (larvada o latente), la violencia social expresada bajo diversos ropajes, pasó a ser la caracterización que se hizo de la Colonia, sustituyendo el diagnóstico anterior,que lo veía como un período de conformismo social y aceptación resignada de un orden sagrado. La figura del tranquilo inquilino, católico, subordinado y sumiso ante el patrón, parecía ser desplazado por el peón levantisco, el pobre alzado e indisciplinado, siempre errante y nunca sometido. José Bengoa ha ofrecido una caracterización distinta de la época colonial en su fase final y del Chile rural del siglo XIX. En su opinión, el inquilino y el peón libre representarían dos culturas en constante tensión, que entraron en contacto en la hacienda. Esta sería la base de la principal estratificación al interior del mundo popular. El inquilino y el peón eran las dos caras de ese mundo popular.
El inquilino era un trabajador asentado (afincado) y constituía un grupo estable, sometido a una constante explotación patronal, pero con posibilidades de integración y ascenso social. Al existir distintos niveles de inquilinos, estos podian ascender socialmente y lograr cierto tipo de acumulación. La posibilidad de independizarse, tener su propio predio agrícola, era otra forma de mejorar su condición. Aunque pocos lo lograban, esta eventual integración creaba la utopía de mejorar su condición, lo que Bengoa denomina la subordinación ascética. En palabras de Bengoa, la subordinación ascética consiste en la aceptación de la servidumbre y el sacrificio que conlleva, a cambio de la posibilidad de alcanzar en un futuro una situación mejor, o simplemente a cambio de la seguridad que otorga la integración subordinada. Se cambia la libertad -o el placer inmediato- por la obediencia, y se recibe de vuelta el favor patronal y la posibilidad de ascender en la jerarquía hacendal. Se cambia la pobreza hacendal, la falta de dinero metálico, por la posibilidad de acumular riqueza en ganados, de hacer medierías y manejar aperos y animales de trabajo. En fin, la subordinación ascética no es pura explotación sin perspectivas de cambio; es un trueque mínimanente (o culturalmente) calculado, por el que se consigue la adscripción-integración subjetiva a la sociedad, por interpósita persona o familia, y la posibilidad de tener su propia tierra como fruto del esfuerzo de toda una vida 1. La ausencia de rebeldía tiene su base en el paternalismo y el autoritarismo patronal, resguardado por la Iglesia y el Estado. Pero este sistema no es impuesto unilateralmente desde arriba, ya que su aceptación por parte de los campesinos es un aspecto central de su efectividad. El peón agrícola, por su parte, era otro grupo subordinado, pero carente de estructuras de integración. No tenía posibilidades de movilidad (a nivel material ni subjetivo). Vivía intensamente el presente, sin futuro, ni de salvación espiritual programada (por las obras) ni material. Por ello, dice Bengoa, la clave para comprender su vida y su cultura es el juego de azar, la diversión, la sensualidad desenfrenada. El peón no tenía lealtad, sólo vivía la subordinación. Por no estar vinculado a ningún camino de integración, eran asimilados a la condición declase peligrosa.
Los efectos de la independencia
Es sabido que el proceso de la Independencia y la construcción de laRepública fue protagonizado por la aristocracia local. No existía otro grupo social que tuviera tal capacidad para actuar y levantar un proyecto político. Los sectores populares participaron como soldados de uno y otro bando, sevieron afectados por el proceso, pero no incidieron en su desarrollo. Sin embargo, el ambiente que generó la guerra, con la secuela de abusos, requisiciones, hambruna y reclutamiento forzoso, provocó una creciente presencia de los grupos más afectados. Aunque sin una participación orgánica, la turba o la masa popular se hizo presente en varios momentos críticos y también en los años posteriores. La inestabilidad política provocó incipientes rebeliones, amotinamientos y asonadas callejeras. Al parecer, Carrera buscó apoyo en estos sectores para desestabilizar al gobierno.
El discurso de la emancipación tuvo un componente político y se fue definiendo en un plano de oposición frente a lo español. Fue el inicio de la leyenda negra contra la Colonia. La miseria e ignorancia del pueblo eran atribuidas a la dominación española, en particular su atraso cultural y económico. El único y solitario discurso social que se levantó en la época perteneció al fraile franciscano Francisco de Orihuela, diputado en el Congreso de 1811. Aunque sin ningún arraigo en los grupos sociales subalternos, su voz se levantó para distinguir aguas al interior del proceso de la independencia. En una proclama dirigida al bajo pueblo, distinguía a este sector (artesanos, labradores, mineros), de la aristocracia (esos señores condes, marqueses y cruzados [que] duermen entre limpias sábanas y en mullidos colchones que les proporciona vuestro trabajo).
En suma, la desgracia del pueblo se debía a la opresión de la aristocracia. No obstante la aguda percepción de Orihuela, el proceso chileno de la Independencia fue una pugna al interior de la clase dominante, que no dio espacio al surgimiento de una revuelta social. En México, Venezuela y Perú, por citar algunos paises, el momento de inestabilidad política fue propicio para el estallido social y la liberación de tensiones apenas contenidas por el orden colonial. En el caso chileno, los llamados de fray Orihuela no tuvieron acogida en el mundo popular, como sí ocurrió con las proclamas del cura Hidalgo, y luego del cura Morelos, entre los indígenas mexicanos.
La condición de los sectores populares no cambió tras el proceso de la Independencia. Treinta años después de la declaración de la Independencia, Santiago Arcos hacía el más claro balance al respecto: En Chile ser pobre es una condición, una clase, que la aristocracia chilena llama rotos, plebe en las ciudades, peones, inquilinos, sirvientes en los campos; esta clase cuando habla de sí misma se llama los Pobres, por oposición a la otra clase, los que se apellidan entre sí los caballeros, la gente decente, la gente visible y que los pobres llaman los Ricos.
La Independencia hacía sido realizada por la aristocracia y de ella era el gobierno republicano. El pueblo no había cumplido ningún papel, salvo el de participar en las batalas: Los Pobres han sido soldados, milicianos nacionales, han votado como su patron se los ha mandado, han labrado la tierra, han hecho acequias, han laboreado minas, han acarreado, han cultivado el país, han permanecido ganando real y medio, los han azotado, ensepado cuando se han desmandado, pero en la República no han contado para nada, han gozado de la gloriosa independencia tanto como los caballos que en Chacabuco y Maipú cargaron a las tropas del Rey. Las divisiones al interior de la aristocracia habían creado dos bloques tras la Independencia: los liberales (o pipiolos) y los conservadores (o pelucones). Pero entre ambos no había gran diferencia. No olvidemos decía Santiago Arcos- que tanto Pelucones como Pipiolos son Ricos, son de la casta poseedora del suelo, privilejiada por la educacion, acostumbrada a ser respetada y acostumbrada a despreciar al Roto.
Actualmente los Pobres no tienen partido, ni son pipiolos ni pelucones, son Pobres, del parecer del patrón a quien sirven, miran lo que pasa con indiferencia".. En términos económicos, no hubo cambios radicales, fuera de los efectos de las confiscaciones y el empobrecimiento de las arcas fiscales. Todo esto se vería compensado, a los pocos años, con el inicio de la explotación de ricos yacimientos de plata, lo que permitió la pronta estabilización económica. La demanda de manufacturas creció con ocasión de la guerra, ya que las tropas debían ser mantenidas. Los comerciantes que abastecían al Ejército terminaron comprando a los artesanos, pero no siempre esto los beneficiaba ya que las ganancias eran acumuladas por los intermediarios. El sector manufacturero creció, además, como consecuencia de la urbanización y el refinamiento de las costumbres de la aristocracia. Pero pronto vendría la crisis, debido a la apertura comercial que promovieron los primeros gobiernos republicanos.
LA MODERNIZACIÓN Y EL PROYECTO DE REGENERACION MORAL DEL PUEBLO, 1850-1880
La historia clásica del movimiento sindical, comenzada a escribir en los años 30 (Angel Calderón, Aristodemo Escobar, Tulio Lagos) y continuada con mayor fuerza a partir de los años 50 (Julio César Jobet, Marcelo Segall, Jorge Barría, Hernán Ramírez N.), siempre ha buscado sus antecedentes en las organizaciones populares lideradas por el artesanado. La totalidad de los textos dedicados a establecer los orígenes del movimiento sindical ha encontrado su genealogía en esta etapa de cambios, la década de 1850, que acompañó la fase final del modelo colonial y los inicios de la inserción de Chile en la economía capitalista mundial. Una etapa que es posible de ser observada en todos los paises de América Latina, con pequeñas variantes locales. Fue en este período que surgió la primera experiencia de organización de algunos segmentos populares, impulsados por un proyecto de regeneración moral.
1.- Los efectos de la modernización
A partir de la década de 1830, una vez instaurado el nuevo orden republicano, en el plano económico se empezaron a observar cambios, debido a la apertura comercial, el mayor contacto con EEUU y Europa y la difusión del liberalismo. En la década de 1840 se crearon los primeros bancos y por la misma época se abrieron nuevos mercados para la producción minera y agrícola.
En el aspecto ideológico, las transformaciones fueron más rápidas, debido las disputas entre las fracciones de la clase alta, que intentaron imponer sus propios proyectos políticos. Hubo caudillismos y tendencias regionalistas. Otros estaban abiertos a crear una institucionalidad que garantizara derechos individuales y cívicos. Los más temerosos al desgobierno proponían un gobierno fuerte y autoritario. Fueron estos grupos más conservadores los que se impusieron en 1830. En esta disputa interna de la clase gobernante, las distintas fracciones buscaron aliados fuera de ella, en la clase artesanal. Las ideas liberales fueron
las que más fácilmente permearon entre los sectores populares ilustrados. Las ideas de la ilustración ya habían alcanzado cierta difusión en estos sectores, desde fines del siglo XVIII, cuando surgió una alta valoración de la educación, como el camino que permitiría la felicidad del pueblo. La civilización de las costumbres era vista como un camino necesario, el único que garantizaba su participación en las decisiones públicas. Una vez establecida la República, los artesanos vieron con simpatías la difusión de las ideas liberales en el plano político, que significaban en la práctica una mayor capacidad para incidir en las
decisiones de la autoridad. Pero algo distinto sucedía con el liberalismo económico. Los artesanos fueron los primeros afectados por las transformaciones económicas (la apertura comercial y el fin de los privilegios gremiales). En defensa de sus intereses económicos, los trabajadores independientes se vieron enfrentados a la necesidad material de organizarse para defender su situación.
Las primeras experiencias de organización de los artesanos estuvieron subordinadas a la coyuntura política, es decir, a la pugna entre los grupos de la aristocracia: liberales y conservadores. Unos y otros buscaron controlar estos grupos para ponerlos al servicio de sus proyectos. Al respecto, el primer antecedente conocido es el apoyo que dieron los conservadores a la formación de la Sociedad de Artesanos, en 1929. Una vez en el gobierno, abandonaron este interés por promover la asociación de los artesanos, por lo menos, hasta que no volviera a ser necesario. En la coyuntura de 1845 y 1846 se levantó un frente común entre los liberales en la oposición y los artesanos y aparecieron sociedades políticas (como las sociedades de artesanos de Caupolicán, de ColoColo y de Lautaro), que publicaron un periódico, El artesano opositor, todos alineados en
torno a una crítica frontal al gobierno de Bulnes. La respuesta de los conservadores no se hizo esperar y apoyaron la edición de El artesano del orden, detrás del cual estaba una Sociedad del Orden. La represión aplicada por el gobierno desarticuló este embrionario movimiento opositor.
Por entonces, en el sector artesanal ya surgían voces escépticas frente a estas alianzas. El obrero tipógrafo Santiago Ramos representaba esta tendencia. En 1846 escribía en su propio periódico El Pueblo: Compañeros de todos los colores y profesiones: Nosotros que componemos la masa del pueblo, la clase pobre altamente despreciada a quien no se atribuye ni el menor rasgo de virtud, a quien se insulta en los periódicos, se desprecia en la tribuna y violenta en los cuarteles para negociar con nuestra voluntad y personas, como viles instrumentos. ¿Qué medio deberemos tocar para no ser tan abatidos como somos y para no sufrir el hambre, desnudez y todas las plagas que nos degradan, reduciéndonos de hombres a la condición de bestias, y de hombres libres a la condición de esclavos? ¿Qué haremos para no seguir siendo el juguete y la burla de los hombres que por medio de nuestro voto o sufragio, elevamos al rango de magistrados para regir los destinos de la nación que nosotros componemos? 3. Parecía que nada se había ganado en este juego entre poderosos. El rompimiento con los liberales no sería definitivo. De hecho, en torno a la Sociedad de la Igualdad, creada en 1850, volvería a germinar la esperanza de un movimiento que integrara tanto a los grupos liberales de la aristocracia como a los grupos de artesanos organizados. Pero la participación de estos últimos fue bastante marginal, y el pueblo tuvo una escasa presencia en la conspiración de 1851. Estos fracasos políticos crearon el clima necesario como para que en la década de 1850 el proyecto popular se replegara sobre sí mismo, comenzara a tomar cuerpo, adquiriendo mayor autonomía, y concentrara sus esfuerzos en
lograr mejorar la condición de los artesanos y los obreros especializados. Defender la dignidad del artesano en el plano material (abandonando todo propósito expresamente político) fue su razón de ser. El año 1853 fue emblemático en este sentido, ya que fue entonces cuando surgió la primera organización mutual, esta vez sin el apoyo de ningún sector de aristocracia: la Sociedad Unión de Tipógrafos.
2.- La propuesta de las sociedades mutuales
Resolver las aflicciones materiales que enfrentaba el sector artesanal fueron la razón de ser de las primeras sociedades mutuales. Como lo planearía Vivaceta años después, la asociación fraternal de los trabajadores era el único camino que permitiría evitar que los artesanos y sus familias tuvieran que depender de la caridad pública. La preocupación de las mutuales, por tanto, no solo era resolver la entrega de recursos materiales a sus socios, sino hacerlo en condiciones que le evitaran perder su dignidad y caer en la humillación de la caridad. El ingrediente que permitiría esto era el desarrollo del hábito de la organización, es decir, de la capacidad para asociarse y buscar soluciones en común, entre iguales. Detrás de estas organizaciones populares y de su acción cotidiana se fue conformando una verdadera revolución solidaria. Las sociedades mutuales (o de socorros mutuos) buscaron resolver la crisis económica de los artesanos a través de la protección y la ayuda mutua de los socios, ofreciendo asistencia en los momentos de necesidad (enfermedad, muerte). Pero, a su vez, estas asociaciones realizaron una activa labor de regeneración moral del pueblo, que no descartó levantar demandas frente al Estado en aspectos que les aseguraran un mejor bienestar. El estatuto de una mutual creada en 1862 decía que su propósito era: el ahorro y socorro mutuo de los asociados teniendo en vista favorecer su instrucción, moralidad y bienestar. Veamos con más detalle estos componentes del proyecto mutualista: La ayuda mutua.- El principio de la solidaridad fue uno de los pilares del mutualismo. La colaboración al interior de la organización fue el lazo que mantuvo la cohesión de estas instituciones populares. Esta colaboración entre los socios fue una herencia que dejó el movimiento mutualista, aun después que decayó su protagonismo. La práctica solidaria se estructuró principalmente en torno a la salud. Los principales beneficios para los socios se referían a la ayuda médica, el apoyo para la compra de medicamentos, el subsidio a tratamientos o el pago de cuotas mortuorias. Al componente material se agregaban aspectos más subjetivos, como el acompañamiento a los socios enfermos o la asistencia (muchas veces obligatoria) a los funerales. También se organizaron cooperativas (tanto productivas como de consumo), aunque esta veta tuvo menos éxito.
El papel de la educación.- La función de las mutuales no sólo fue material. Para llevar a cabo la moralización e ilustración del pueblo, la educación se transformó en una actividad central. Muchas de ellas tenían escuelas, tanto para adultos como para niños. Su objetivo eran la formación profesional de sus asociados y la transmisión de una moral que les permitiera abandonar los vicios. El limitado avance del proyecto educativo del Estado hizo que este proyecto fuera sentido
como una fórmula propia de emancipación. Si bien la clase alta difundía las bondades de la educación, como el camino que llevaría a la civilización del pueblo, en la práctica creaba las bases de un sistema educacional bastante restringido y oligárquico, con escasas posibilidades de acceso a los niveles de instrucción básica. Las peticiones al Estado.- Aunque las mutuales intentaron desde sus origenes mantener una acción autónoma del Estado, no eran indiferentes ante él. El proyecto mutualista no excluía demandar a la clase dirigente ciertos cambios institucionales. Por ejemplo, en muchos momentos se trató de obtener su apoyo para limitar las cargas sobre los artesanos (como la obligación de participar en la Guardia Cívica), así como para obtener medidas de protección a la producción nacional (se criticaba la liberalización del comercio y el apoyo estatal a ciertos monopolios, como el del tabaco), revertir medidas abusivas o que atentaban la situación de los artesanos (reglamentos municipales) y lograr reformas políticas que le aseguraran una mayor participación cívica y libertad de acción. Por lo mismo, la
participación de las mutuales en ciertos acontecimientos políticos fue importante. Un ejemplo de ello fue su presencia en la agitación política de 1850, a través de la Sociedad de la Igualdad, y en las guerras civiles de 1851 y 1859.
El mutualismo fue una expresión visible de la naciente identidad del artesanado y los obreros especializados. Aunque la pertenencia a las sociedades mutuales tenía como requisito el tener la condición de artesano (a veces de un oficio en particular; en otras no era necesario), con el tiempo se fueron abriendo a los obreros. En las décadas de los 1880 ya eran muchas las sociedades mutuales de obreros. Por esa época también se abrieron paso las mutuales que agruparon únicamente a mujeres de extracción popular. Fue el germen de una identidad femenina, que reconocía la necesidad de agruparse para defender sus propios intereses, sin quedar subordinadas a las organizaciones dirigidas por hombres. Si bien la identidad popular fue un elemento común a las mutuales (con excepción de las que agruparon a los miembros de las colonias extranjeras), hubo algunas que pudieron ser manejadas por miembros de la clase alta. Por ejemplo, en la zona del carbón varias de las mutuales que surgieron en la década de 1870 integraban entre sus socios desde el honrado obrero hasta los vecinos más destacados que fomentaban el mejoramiento de la condición del artesano.
3.- Los gérmenes de la proletarización
Mientras el artesanado y los obreros especializados encabezaban los esfuerzos de organización en torno a sociedades mutuales, en las áreas más dinámicas de la economía se comenzó a gestar un proceso de proletarización. La proletarización no consistió únicamente en la conformación de una clase social asalariada que pasara a depender fundamentalmente de la venta de su fuerza de trabajo. El gran desafío consistió en asegurar una disciplina laboral que permitiera disponer del trabajador en una jornada de trabajo determinada, sometido a un horario, recibiendo órdenes y aceptando una jerarquía de relaciones sociales, al interior de un espacio laboral. La proletarización provocó atracción y resistencia en aquellos sectores que pasaron a engrosar las filas de la naciente clase obrera, industrial y minera. La atracción nacía del incentivo que significaba recibir un salario, en el marco de una economía que se monetarizaba de manera creciente. Muchos peones, artesanos y campesinos empobrecidos se sentían atraidos por las ventajas de la ciudad, y se engancharon en actividades laborales a cambio de una
remuneración. Fue el caso de las minas de carbón, en la zona sur; las obras públicas (construcción de puentes, escuelas, vías férreas), a lo largo de todo el país; las labores portuarias (carga y descarga de embarcaciones); y en los talleres manufactureros. Pero este proceso de enganche de asalariados era, generalmente, temporal. Estos trabajadores no permanecían en sus puestos de trabajo por mucho tiempo, ni se arraigaban a un oficio. En otras palabras, no estaban
disponibles como mano de obra en forma permanente, sino de un modo ocasional.
Por esta razón, los primeros capitalistas fueron los más interesados en
ofrecer incentivos para asegurar que el naciente proletariado se asentara. En la década de 1850, Enrique Meiggs, por ejemplo, ofreció salarios mayores que el promedio, para asegurar que las obras de instalación de las vías férreas se lograran realizar dentro de los plazos. Sin embargo, esta situación fue excepcional en estos años, cuando predominaron más bien los mecanismos coercitivos, extra económicos. La proletarización tuvo un carácter limitado, al no constituirse todavía un mercado laboral propiamente tal. Varios mecanismos actuaban para evitar que los obreros abandonaran sus labores. El pago de los salarios en forma muy distanciada, por ejemplo, intentaba evitar que los obreros dispusieran cada mes de dinero circulante para usarlo en los centros de diversión. Una modalidad
complementaria , utilizada tanto en las minas como en algunas haciendas, era la entrega de fichas (de cartón y de caucho) o vales para la compra en los almacenes o pulperías. Todo esto se hacía cumplir a través de guardias particulares que mantenían el orden en las labores y en los espacios de diversión, imponiendo los reglamentos internos.
4.- La identidad popular: la ética del trabajo
Si bien la elite popular urbana no se sentía identificada con el pueblo en su conjunto, era evidente que su proyecto moralizador se abría hacia el resto de los sectores subordinados. La ética del trabajo fue uno de los componentes principales de esta cultura ilustrada, así como la valoración del esfuerzo, el ahorro y la constancia. El orgullo de pertenecer a la clase productora era, probablemente, una derivación de una confluencia de vertientes. Por una parte, esta idea estaba presente en la ética
burguesa y, de un modo más ambiguo, en la herencia católica. Las ideas socialistas que circularon desde mediados del siglo XIX también dieron importancia al trabajo como factor productivo, en oposición a la renta, la usura y el ocio burgués. La legitimación social se conseguía a través de una vida concordante con estos principios: la destreza en el oficio, la honradez en los hábitos.
El trabajo no era visto únicamente en su condición pasiva, sometido a la explotación y la subordinación, sino como un instrumento que sacaría al pueblo de la pobreza. De ahí el interés que hubo por crear, por ejemplo, cooperativas productivas.
Una buena parte de los dirigentes de origen artesanal se distinguía en su propia actividad laboral y en sus cualidades humanas. Fermín Vivaceta es un buen ejemplo al respecto, al transitar desde su condición inicial de aprendiz de carpintero, a los 13 años, hasta llegar a ser un reconocido constructor y arquitecto. Criado por su madre, una lavandera, Vivaceta continuó estudiando, lo que le permitió ascender rápidamente en su oficio. Pero este ascenso no lo desvinculó del mundo popular, desarrollando una activa labor organizativa, que fructificó en 1862 cuando logró fundar la Sociedad de Artesanos La Unión. Las
biografías de Vivaceta, y de otros dirigentes como él, aluden con insistencia a su habilidad profesional, su honestidad y la firmeza de sus convicciones en torno al proyecto de regeneración del pueblo. La superación personal a través de la educación y el trabajo y los esfuerzos colectivos por organizar al pueblo eran dos facetas de un mismo objetivo. Fueron estas vivencias, representadas en figuras como Vivaceta(y no solo los discursos), las que legitimaron el orgullo de la condición popular. En ciertos oficios esto fue más fácil de desarrollar. En una sociedad mayoritariamente analfabeta, los tipógrafos, por ejemplo, fueron quienes se prestigiaron por su capacidad de formación, administración y liderazgo. No es extraño que hayan estado a la
cabeza de las organizaciones desde mediados del siglo XIX hasta las primeras
décadas del siguiente.
Durante el siglo XIX la identidad popular todavía estaba en construcción. Algunos de sus componentes los extrajo de la valoración ética del trabajo. Pero otro elemento fue la vivencia común de ser subordinado. Esto se percibía cuando
en los períodicos artesanales se aludía a los de arriba, los poderosos, y los de abajo.
5.- Excluidos e integrados:
El proyecto que encarnaron las sociedades mutuales y otras organizaciones de similar carácter no lograron ser integradoras de todo lo que hoy se denomina el mundo popular. De ahí que parezca razonable hablar de
sectores populares, y no del pueblo, como si este tuviera una característica uniforme. Con relativa frecuencia, la elite popular ilustrada se encargaba de definir a aquellos sectores que se ubicaban por debajo de su condición. Aunque la participación en este proyecto de ilustración del pueblo parecía integrador, en la práctica la pertenencia a las nuevas organizaciones era condicionada. Los mayores o menores niveles de integración al proceso de civilización de las costumbres eran un elemento que definía, en un momento dado, los límites. La elite popular ilustrada no se dejaba confundir con las clases bajas. Solo las
personas honradas podían acceder a sus beneficios y una razón para su expulsión era adoptar actitudes reñidas con la moral. El uso inmoderado de licores espirituosos y de los juegos de azar eran causa de la pérdida de la calidad de socio, en la Sociedad Unión de Artesanos. Incluso en los estatutos de
muchas mutuales se establecía en forma explícita su rechazo a la incorporación de peones. Si bien no existían restricciones formales para el acceso a las mujeres, en la práctica estas no se incorporaron y no hubo voluntad para fomentar su ingreso. Luego veremos que las mutuales femeninas que surgirían a partir de 1887 establecieron exclusiones similares hacia las mujeres del bajo pueblo. Con ocasión de las políticas de ocupación territorial y colonización que aplicó el Estado sobre la zona de la Araucanía, a partir de la década de 1880, quedó en evidencia la diferenciación social que sobrevivía dentro de las mutuales. Lejos de apoyar a los indígenas que estaban siendo despojados de sus territorios, las organizaciones mutuales criticaron al gobierno por no ceder tales propiedades a chilenos. El proyecto popular ilustrado, por tanto, oscilaba entre su faceta integradora a través de la educación y la moralización (algo potenciablemente abierto a toda la población que modificara sus patrones de conducta) y su cara excluyente, al quedar reducido en los hechos a un grupo pequeño susceptible de acoger el ideario. Por debajo del pueblo ilustrado y decente estaba el bajo pueblo, una categoría imprecisa, pero que comprendía los vagos, mendigos y los grupos subalternos que no disponían de trabajo estable. Sobre ellos se aplicaban mecanismos de control y disciplinamiento, como el trabajo forzado en obras públicas, la reglamentación de la mendicidad, el uso de un sistema de papeletas (o salvoconductos) en las zonas mineras y a veces también en el campo, para vigilar el desplazamiento de los peones. Sin Dios ni ley, estos sectores populares eran considerados una amenaza a la moralidad y el orden social, y de ahí que sobre ellos se concentraran estas medidas. Había ciertos sectores donde era más abundante este tipo de trabajadores,
por ejemplo, en las labores agrícolas, en las obras públicas y en la extracción minera. Allí permanecieron por más tiempo, hasta que se completó el ciclo de proletarización. También hubo actividades urbanas, de tipo industrial, donde convivieron los obreros permanentes con aquellos trabajadores marginales que, por una u otra razón, se mantuvieron en los márgenes de la integración, como fue el caso de los vidrieros, los empajadores y los panificadores. El disciplinamiento laboral se logró más tardíamente en estos sectores. Las medidas punitivas y de control que ejerció el Estado contra el bajo
pueblo, se combinaron con actitudes más paternales, de caridad cristiana,
hacia las mujeres, niños e inválidos.
6.- Entre la acción civilizadora y la revuelta callejera
Las sociedades mutuales orientaban sus esfuerzos cotidianos a la organización y la ilustración del pueblo. Su actividad preferente se orientaba a mantener los beneficios a sus socios, sostener la necesaria actividad educativa a
través de escuelas, levantar demandas a la autoridad por medio de petitorios y difundir el ideario utilizando periódicos. En los momentos políticos más tensos, cuando se estrechaban las alianzas con sectores liberales, se podía producir la participación directa o indirecta en actividades callejeras o incluso movimientos de agitación y conspiración (como sucedió en 1858 y 1859). Pero estas situaciones fueron más bien excepcionales y se limitaban a reacciones de rebeldía que surgían contra restricciones extremas a las libertades. Los artesanos se sentían orgullosos de actuar dentro de ciertos límites, siempre resistiéndose a los desbordes y las conductas impropias de una clase responsable. Si participaban en acciones más decididas, incluyendo la actividad clandestina o conspirativa, lo hacían manteniendo distancia con la intervención de las turbas. En el vértice opuesto se hallaban los sectores peonales, dispuestos a resistirse, generalmente sin mayor plan, a los abusos de alguna autoridad o el
incumplimiento de un compromiso. En esos casos, la acción se desarrollaba de modo espontánea, sin liderazgos definidos y con el objetivo acotado de contener, por cualquier medio, la medida aplicada y muchas veces únicamente hacer sentir
el odio al poderoso. Esto generalmente se traducía en un levantamiento violento contra la autoridad o los símbolos del poder, que incluía saqueo, pillaje y apropiación del alcohol. Por esta razón, era común que el gobierno respondiera de manera igualmente violenta y muchas veces desproporcionada. La rebelión peonal estallaba con mayor frecuencia en las zonas aisladas, cerca de las explotaciones mineras, que utilizaban este tipo de trabajadores. Pero también la chusma o el populacho (como se le denominaba) se hacía visible en las ciudades, sobre todo cuando la inestabilidad política lo permitía. Sucedió en la coyuntura de la Independencia, pero en mayor medida durante la crisis de 1929. Entonces, decía un testigo, partidas de rotos habían saqueado las casas, incluyendo el Consulado de Francia, que fue completamente destrozado (cit. Por
Grez, p.189-192. Entre ambas formas de acción popular no había mayor conexión. Salvo en la mente de las autoridades que, en los momentos de mayor agitación política de los grupos liberales, acusaban de la existencia de tales vínculos. Era entonces
cuando las asociaciones de artesanos alentadas por los conservadores llamaban a alejarse de los alborotos y las revueltas.
7.- Las mutuales y la política
Los contactos de los sectores populares organizados con el mundo político pasó por varias fases. Desde un comienzo, las organizaciones mutuales y otras instituciones afines hicieron esfuerzos por levantar una voz que se hiciera escuchar en las esferas del gobierno. Los contactos entre los artesanos y los grupos liberales más radicales fueron tempranos. En la Sociedad de la Igualdad, por ejemplo, confluyeron ambos sectores, aunque con el predominio de los jóvenes de la alta sociedad y una escasa presencia del pueblo. Santiago Arcos reconoció años después, en su conocida Carta a Bilbao, que pocos ciudadanos pobres habían participado en el movimiento. Incluso llegó a reconocer que la indiferencia de los pobres al discurso reformista se debía a que poco hubieran ganado con el triunfo de los pipiolos 4. Vicuña Mackenna recordaba las limitaciones que tenía Bilbao en su actitud hacia el pueblo: creía en el pueblo, y no visitaba jamás sus chozas. Predicaba en el club la fraternidad universal, y no
conocía ni de nombre las calles y barrios miserables de Santiago 5.. Los vínculos entre los mutualistas y algunos sectores de la elite liberal volvieron a surgir en sucesivas iniciativas. Por ejemplo, en las campañas electorales se produjo el apoyo de los lideres populares a ciertas candidaturas. El clima de persecución política a raíz de las revoluciones de 1851 y 1859, provocó
un repliegue hacia posturas más reticentes a la politización. La autoridad aumentó las medidas restrictivas a la constitución y funcionamiento de cualquier tipo de asociación. En este clima de represión, y de desalentador balance, hubo voces que llamaron a distanciarse de los partidos políticos en pugna, liberal y conservador, por considerarlos ambos perjudiciales al adelanto de nuestra clase 6. Pero la situación se revirtió después. Incluso la declarada neutralidad de instituciones como la Sociedad de Artesanos La Unión se transformó en apoyo al presidente Pérez, un liberal moderado que dio muestras de mayor tolerancia
política. Debido a la resistencia de combinar la política con la actividad mutualista, algunos dirigentes crearon organizaciones que se dieron ese explícito objetivo. Así surgieron varios clubes políticos populares, como la Unión Política de Obreros, en
Valparaíso (1863), la Sociedad Unión Republicana del Pueblo (1864), el Club de Obreros de Santiago (1870) y la Sociedad Escuela Republicana (1876), este último conformado por miembros de extracción popular, aunque abierto a otros sectores. Varios de sus miembros se integraron al Partido Demócrata. En la década del 70, la alianza de estas organizaciones populares con grupos liberales de la clase alta se produjo en torno a dos candidaturas presidenciales: la de José Tomás Urmeneta (1871) y la de Benjamín Vicuña Mackenna (1875). 4 Carta de Santiago Arcos a Francisco Bilbao, Mendoza, 1853. 5 Benjamín Vicuña Mackenna, Cosas de Chile, p.37. 6 La Reforma, Valparaíso, 30/julio/1950.
En el caso de Vicuña Mackenna, varios dirigentes mutualistas le dieron su respaldo, en especial por su pasado asociado a la Sociedad de la Igualdad. Incluso lo acompañaron en si vistosa comitiva. Pero este apoyo distaba mucho de ser su única base de sustento. De hecho, su independencia respecto del candidato liberal apoyado por el gobierno le significó obtener la adhesión de los conservadores, lo que debilitó su alianza con los sectores populares y determinó su retiro como candidato. El escaso avance que se logró por esta via provocó que pronto se tentara la posibilidad de llevar representantes propios al parlamento. Ya comenzaban a surgir voces que expresaban la distancia entre el liberalismo de los caballeros y el que surgía en los sectores populares. Aunque no todas las organizaciones populares aceptaban esta estrategia de buscar una representación directa, en la
década de 1880 encontramos los primeros esfuerzos en ese sentido. La elección parlamentaria y municipal de 1882 fue el punto de partida, experiencia que se repitió en 1885. Este proceso de creciente politización autonóma tuvo un hito importante
en 1887, cuando un grupo de dirigentes populares se unió a un sector disidentes del Partido Radical y conformaron el Partido Demócrata o Democrático, como veremos más adelante.
8.- La difícil autonomía
En el esfuerzo de organización popular no actuó únicamente la capacidad autónoma de algunos sectores de artesanos y obreros. El Estado y segmentos de la clase alta buscaron influir en ellos, fuera por razones ideológicas, políticas o meramente pragmáticas. En 1953 se creó la primera mutual que logró superar la etapa embrionaria, la Sociedad Tipográfica de Santiago. Le siguieron otros esfuerzos similares, que mantuvieron en pie el principio de la autonomía. Sin embargo, ya en 1956 se
produjo un intento por crear una mutualistas con apoyo patronal, esfuerzo que al parecer no fructificó. El Estado no fue indiferente a la organización de los trabajadores marítimos, gremio clave para la actividad comercial. Los esfuerzos por mantener organizadas las labores y bajo un fuerte control fueron permanentes. Esto se inició en 1837, a través de un reglamento para el gremio de los jornaleros, que estableció el funcionamiento de las cuadrillas y las sanciones vinculadas al trabajo; también creó
una caja de ahorros sobre la base de descuentos de los salarios. Los fondos se usaban en caso de enfermedades o fallecimiento. En 1846 se modificó el reglamento y se amplió a los lancheros. Estas organizaciones no eran autónomas, sino dependientes de las autoridades. Su régimen era paternalista y autoritario. Si bien se avanzó en el objetivo perseguido, el mejoramiento en la disciplina del trabajo, tambien aparecieron conflictos derivados del cumplimiento de las medidas disciplinarias, así como por la fijación de las tarifas.
Esta estrategia del Estado se prolongaría más adelante. A partir de la década de 1880, los empleados de la administración pública pasarían a integrar organizaciones mutuales con apoyo gubernamental, como veremos más adelante. Hacia el resto de los sectores populares, los esfuerzos fueron más dispersos. Se mantuvieron las iniciativas de organización de los artesanos en cofradías y hermandades religiosas, donde se incorporaron algunos beneficios materiales, pero el énfasis principal estaba puesto en el aspecto espiritual. La clase alta estaba presente en ellas, en su carácter de benefactores. La creación de la Caja de Ahorros
de los Pobres, en 1843, por parte del Gobierno, fue indicador del interés que existía por aplicar el principio del ahorro como camino para mejorar la condición de los sectores populares. El esfuerzo fracasó a los pocos años. Simultáneamente, los diversos grupos políticos en que se agrupaba la clase alta se sintieron interesados por las mutuales. A raíz de la ampliación del voto o debido a la expansión del ideal liberal ilustrado, estas organizaciones le servían para ampliar su poder electoral en las ciudades, o bien para consolidar en los sectores artesanales su influencia doctrinaria. Tanto sectores ligados a la masonería como a la Iglesia Católica se empeñaron en organizar o arrastrar a su esfera de influencia a las sociedades mutuales.
En algunos casos los intentos se encaminaron a establecer alianzas con agrupaciones ya constituidas. Pero también se llegaron a crear instituciones con un respaldo explícito. La Sociedad de Obreros San José, por ejemplo, fue creada en 1883 bajo el alero de la Iglesia Católica, con objetivos confesionales. Los josefinos tuvieron un importante papel en la movilización instrumental del pueblo con fines electorales (bajo la forma de choclones, para provocar disturbios en las mesas no controladas por los conservadores) y como contingente de apoyo a las guardias blancas (por ejemplo, con ocasión de los saqueos que siguieron a la caída de Balmaceda en 1891).
A pesar de todo, el proyecto asociativo de las mutuales siguió avanzando por un camino autónomo. Aunque gran parte de su vida se volcaba hacia el interior de las organizaciones, era el espíritu de la asociatividad lo que potenciaba la identidad. Así lo resumía Fermín Vivaceta en 1877: La asociación comunica a los hombres el vigor social y la fuerza moral para sobreponerse a las dificultades, y combatiendo los inconvenientes con imperturbable constancia obtendremos el seguro triunfo del trabajo sobre la miseria. La experiencia práctica y cotidiana de esta democracia social era fruto de un acto conciente de autonomía social organizativa. Sus logros fueron importantes: generar identidad popular capaz de reconocerse y legitimarse; desplegar la capacidad organizativa de un sector popular, y levantar la dignidad del pueblo emancipado de la caridad pública.
LA ETAPA DEL SINDICALISMO LIBRE, 1880-1924
Aunque la historia de los trabajadores no se reduce a su acción sindical,resulta difícil desconocer el espacio que ocupó la organización y la acción sindical a partir de 1870-1880. Fue la cara más visible del mundo laboral en su conjunto,incluso para quienes no pensaban en canalizar demandas reivindicativas. Fue en este período cuando, tanto por el poder que comenzaron a ejercer en las calles y lugares de trabajo, como por las ideas de emancipación del pueblo que comenzaron a circular, los trabajadores pasaron a ser reconocidos un actor central y a veces temible. En muchos surgió la percepción de que el orden social estaba amenazado. Fue el período clásico en que se reconoció la existencia de la cuestión social, por parte de la clase alta. Pero, no obstante este reconocimiento, fue también la etapa más trágica del movimiento sindical, la que dio origen a la etapa heroica.Este medio siglo, como veremos, no fue homogéneo en sus características,sino muy dinámico y contradictorio. Las propuestas de cambio revolucionariodieron pie a propuestas de reforma política y mayores espacios de participaciónsocial.
En el discurso público se legitimó la crítica al orden tradicional, aunque ello no significó una confluencia en los proyectos de transformación. En este período, el grupo social protagonista fue la clase obrera. Si lo fue ella en su conjunto, o solo ciertos grupos organizados, resulta secundario frente aun hecho significativo: la clase obrera no sólo creció en términos cuantitativos, sino que también surgió la idea de que era ella la llamada a transformar la sociedad. El proletariado pasó a constituirse en un referente obligado para buena parte de la sociedad, surgierdo así la cultura obrera, en estrecha asociación con las epopeyas del trabajador pampino y el asalariado urbano. En esta mitificación del proletariado descansó gran parte de la fuerza movilizadora del siglo XX.
1.- La primera fase de expansión capitalista La máxima expansión que alcanzó la economía colonial, en la década de 1870, condujo a su colapso final en la década siguiente. La inserción del país en los circuitos comerciales internacionales ya se había iniciado con el trigo, el carbón y el cobre, a partir de la década de 1850. Ahora se iniciaba un proceso de transformación interno, de la estructura productiva, cuando comenzaron a ser sustituidas las bases de la acumulación colonial. Sucesivamente se habían agotado la mano de obra servil (en el siglo XVIII), de presidiarios (en 1872 todavía eran usados en las obras del cerro Santa Lucía), las praderas naturales libre para el pastoreo y el cultivo (hacia 1880 se terminaron de ocupar las tierras mapuches), la explotación de minerales de alta ley con mínima inversión (en 1870) y la expropiación a gran escala del trabajo generado en la pequeña producción ( hacia 1870). Ante las oportunidades que ofrecía la demanda internacional creciente (en 1880 fue el salitre), sólo quedaba el uso más intensivo de la mano de obra, bajo la modalidad del contrato libre, y la incorporación demáquinas. Esto marcó el inicio de la expansión del trabajo asalariado y la tecnificación de la producción. Un cambio que se impuso rápidamente, aunque con una desigual distribución espacial y sectorial.
Los primeros en aplicar este sistema fueron los sectores que requerían de mano de obra abundante y estable, y en algunos casos con cierta calificación: el carbón, el salitre, el transporte y la actividad fabril. Otros sectores también se modernizaron, aunque no tuevieron la misma importancia, como el comercio, los servicios financieros y la burocracia estatal. Finalmente había áreas que no estaban demandadas por incorporar cambios, como fue el caso de la agricultura (con algunas excepciones), la pesca y la ganadería. También se produjeron otros procesos, de tanta importancia como el anterior. La modernización incluyó no solo procesos de transformación en la estructura económico-social, sino también en el ámbito cultural. La brecha entre la elite y el pueblo se fue estrechando a partir de la expansión de canales de intercambio cultural más fluidos desde la década de 1880. Hasta los años 20, estos canales fueron la escuela primaria y la prensa moderna. (En las décadas siguientes se sumarían el cine y la radio). Esto provocó que los contrastes sociales se acentuaran: frente a los altos índices de mortalidad en razón de las miserables condiciones higiénicas, la población podía conocer los avances de la ciencia y la tecnología.
La cultura popular seguiría existiendo, pero en contante tensión con la cultura de masas. Mientras más se acercaba el siglo XX menos se podía hablar de dos mundos inalcanzables y completamente antagónicos. Ya sea a través de los canales de participación política y social, por medio de la integración económica y también por la participación en esta cultura de masas, la integración comenzó a avisorarse como una forma de resolver las tensiones sociales que se multiplicaron en este período. Como los procesos de modernización (económica, política, cultural) tenían ya su tiempo (no surgieron a partir de 1880) a veces haremos referencias a períodos anteriores. Lo importante es que fue a partir de la Guerra del Pacífico que se hicieron más visibles al quedar involucrados en ellos sectores que antes habían estado completamente ausentes.
2.- Los peligros de la urbanización
El proceso de modernización que vivió el país en el período pos-colonial llevó a un fortalecimiento de la vida urbana. Este proceso se inició en Santiago en la década de 1850 con una renovación de las residencias particulares de los sectores de la clase alta. A partir de la década de 1860 se agregó el esfuerzo público, con la reestructuración urbana que iniciaron los intendentes José Miguel de la Barra y Benjamín Vicuña Mackenna. El crecimiento de las ciudades se fortaleció como consecuencia de la crisis de la pequeña producción campesina y la atracción del incipiente mercado laboral urbano. La tradicional periferia popular de características semirurales- que rodeaba la ciudades se fue extendiendo a partir de la década de 1860. La continua migración desde el campo presionó sobre el casco urbano, modificándose el hábitat popular. Primero proliferaron los tradicionales ranchos. Cuando estos se hicieron insuficientes, algunos dueños de antiguas casonas arrendaron estas habitaciones por piezas, lo que hizo surgir los conventillos. El hacinamiento de las viviendas populares, la débil infraestructura urbana (agua, recolección de basura y aguas servidas, alumbrado) y las mínimas condiciones sanitarias generaron en las ciudades principales, Valparaíso y Santiago, un clima social hostil. Las comisiones de higiene, creadas en Santiago y Valparaíso, informaron sobre esta situación, en especial el problema de la vivienda popular. Más que las condiciones laborales de los trabajadores, la gran preocupación de esos años eran sus condiciones de vida, que habían provocad altas tasas de mortalidad, un aumento de la delincuencia y un clima de gran inseguridad para las clases altas. La ciudad se había escindido en dos, según Vicuña Mackenna: una bárbara y otra civilizada. Conocido es el origen de esa ciudad completamente bárbara, injertada en la culta capital de Chile i tiene casi la misma área de lo que puede decirse forma el santiago propio, la ciudad ilustrada, opulenta, cristiana. Edificada sobre un terreno eriazo [...] no se ha seguido ningún plan, no se ha establecido ningún orden, no se ha consultado una sola regla de edilidad y menos de higiene. Arrendado todo este terreno a piso, se ha edificado en toda su área un inmenso aduar africano en que el rancho inmundo ha reemplazado a la ventilada tienda de los bárbaros, de allí ha resultado que esa parte de la población, el más considerable de nuestros barrios, situado a barlobento de la ciudad, sea solo una inmensa cloaca de infección i de vicio, de crimen i de peste, un verdadero potrero de la muerte como se la ha llamado con propiedad 7.La respuesta a esta situación, por parte de la elite, se produjo a través de varias vías: un aumento de las obras de caridad, y la reestructuración de la ciudad. Aunque esto último se producía también por razones estéticas y de modernización urbana, en parte era una respuesta a los problemas sociales que se expresaban en el espacio de la ciudad. El plan de remodelación que propuso Vicuña Mackenna, y que llevó a cabo parcialmente, consideraba crear parques, empedrado de calles y un camino de cintura que separara la ciudad civilizada de los suburbios. En palabras del Intendente, este Camino de Cintura establece alrededor de los centros poblados una especie de cordón sanitario, por medio de sus plantaciones, contra las influencias pestilentes de los arrabales (Vicuña, op. cit., 18-19). Aunque gran parte de la población seguía viviendo en el campo o en pequeños poblados, fue el nuevo escenario de pobreza que rodeó la vida urbana (de Santiago y Valparaíso) el que concentró el interés de la elite. Lo chocante para cualquier observador era que el espacio urbano era el más representativo de la vida moderna y justamente allí se concentraban las peores lacras sociales. Por ejemplo, la mortalidad infantil (que llegó a tasas de 500 por mil nacidos menores de un año) era más grave en las grandes ciudades que en el resto del país. Además, la agitación social quedó radicada en las ciudades, lo que relegó la vida del campo a un nivel de interés muy secundario. Si bien el bandidaje rural y las tensiones sociales de la hacienda no decayeron, no fueron un tema de debate prioritario. La cuestion social fue percibida como un problema básicamente urbano.
3.- El proletariado y la proletarización
El artesanado había sido el protagonista más visible de la historia populardurante buena parte del siglo pasado. Pero a partir de 1870/80 se consolidó la presencia del proletariado. Con ello, también se comenzó a definir una visión que 7 Vicuña Mackenna, Tranformación de Santiago, Santiago, 1872, pág.24-25. atribuyó a ese segmento social la responsabilidad de conducir el proceso de emancipación. La proletarización comenzó a mediados del siglo XIX. Por entonces existían varios núcleos de actividad minera. La minería del cobre mantuvo el antiguo sistema de pirquenes, basado en la pequeña producción artesanal. Los capitalistas (como José Tomás Urmeneta) se dedicaron a otorgar préstamos (habilitar) a los mineros, y a comprar y tratar (fundir) el mineral. Esto retrasó el surgimiento de una clase obrera. Simultáneamente, en la minería del carbón (Cerro Verde, Lirquén, Tomé, Puchoco, Lota, Schwager) la explotación tuvo un carácter más moderno, y los empresarios invirtieron en tecnología para el proceso de extracción y contrataron mano de obra asalariada. Algo similar sucedió con la explotación del salitre, en la década de 1860, desde antes de la Guerra del Pacífico, cuando el territorio era boliviano y peruano. Otro sector que requirió obreros fue la construcción de obras públicas, en especial el tendido de líneas férreas. La demanda de obreros obligó a generar mecanismos de enganche, ya que, no obstante la relativa movilidad de la mano de obra, la disponibilidad de trabajadores no siempre estaba asegurada. Esto se hizo evidente en los sectores antes mencionados. Se hizo frecuente la participación de intermediarios que recorrían los pueblos y campos para acercar a los trabajadores hacia los centros mineros más apartados. La principal preocupación de los empresarios del carbón (a partir de la década de 1850) fue la sedentarización de los trabajadores en la zona, su sometimiento a los requerimientos laborales, es decir, su disciplinamiento respecto de los horarios, jornadas, ritmos de trabajo. En la década de 1880 esta misma preocupación surgió en torno al expansivo mercado del trabajo que surgió en la pampa salitrera. Pero el proletariado no solo comenzó a tener importancia económica La valoración que hizo la clase alta del aporte del roto en la Guerra del Pacífico lo hizo visible también en términos subjetivos. Del peón alzado y ebrio se pasó a una cierta idealización de la figura del roto, asociada al patriotismo y el arrojo, aunque sin que se olvidara completamente su actitud irresponsable e indisciplinada.
Existe una larga discusión respecto de los factores que provocaron la gestación de la identidad proletaria: la valoración social del roto, las condiciones materiales de vida y de trabajo de los obreros, la cultura popular, la difusión de las nuevas ideologías (socialismo, anarquismo) o la herencia del antiguo proyecto popular ilustrado y democratizador. Algunos autores han enfatizado la importancia que tuvo el obrero pampino en este proceso, sometido a especiales condiciones de explotación. Desde el norte se habría irradiado hacia la zona central, a partir de regulares flujos migratorios. En cambio, para otros fueron los obreros urbanos quien iniciaron la tradición organizativa, de forma independiente, y aún con anterioridad a los mineros. En el caso de los pampinos, se ha destacado la relevancia de la cultura de comunidad aislada que se produjo en el norte, con un lenguaje común, un estilo de vida condicionado por la violencia del entorno, las rígidas jerarquias sociales derivadas de la presencia de administradores extranjeros. Este ambiente, habría desarrollado con más fuerza y masividad la conciencia proletaria. Sergio González ha criticado este argumento planteando que el producto de ese ambiente fue una subcultura local (la pampina) y no propiamente una identidad de clase. La identidad de clase comenzó a surgir en los tiempos en que se desarrollaba en el pueblo la identidad nacional. Esto no se dio únicamente en el territorio nortino, pero allí se hizo visible, debido a la activa política de chilenización que ejerció el Estado. La lealtad hacia la patria se expresó en cierta hostilidad del obrero chileno hacia los trabajadores peruanos, peruanos y argentinos, aunque también hacia los pequeños comerciantes y prestamistas de otras nacionalidades (turcos, españoles y chinos), sobre quienes se tejió un clima xenófobo. En todo caso, hubo también muestras de solidaridad de clase en torno a determinados conflictos, donde la presencia de trabajadores extranjeros fue importante, llegando incluso a encabezar algunas organizaciones.
4.- De la revuelta popular a la huelga
El surgimiento de una masa proletaria en algunos sectores económicos generó un proceso de transición de las formas tradicionales de protesta social hacia otras modalidades más modernas. Durante algún tiempo, los trabajadores asalariados se incorporaron al mercado laboral como masa trabajadora que no se sometía a la disciplina laboral. Sus formas de resistencia al patrón siguieron siendo espontáneas, altamente violentas, sin capacidad negociadora ni objetivos claros. Eran verdaderos estallidos sociales focalizados, que no dejaban una huella permanente. La presión social se hizo más frecuentes desde la segunda mitad del siglo XIX, tomando rivetes propios. Al comienzo, surgieron entre los peones mineros y los carrilanos, y tuvieron características muy cercanas al motín. Pero frente a estas rebeldías más inorgánicas, asentadas en las zonas rurales, hubo también movimientos más propiamente reivindicativos, que tuvieron como protagonistas a los obreros modernos. La huelga de obreros de los sastrerías de Santiago, en 1849, tuvo ese carácter, aunque fue más bien excepcional. Hasta la Guerra del Pacífico las movilizaciones populares dependían de las coyunturas políticas, que alentaban estallidos violentos de protesta. Pero a partir de entonces, la situación comenzó a cambiar y tomó un ritmo propio. Quienes lideraron las oleadas de huelgas (por ejemplo, la de 1872-1874) fueron los fleteros y lancheros, y los cigarreros, tipógrafos y sastres. Todavía la movilización social del proletariado siguió combinando la negociación con la revuelta callejera, pero teniendo por objetivo una reivindicación, generalmente de tipo salarial. Las experiencias huelguísticas de las décadas de 1870 y 1880, se acumularon con rapidez. Esto quedó en evidenciancon la primera huelga general, en 1890, motivada por demandas laborales y que fue reprimida fuertemente. Las movilizaciones con este carácter reivindicativo, acompañadas de desbordes callejeros, se continuaron produciendo en los años siguientes: por ejemplo en la huelga marítima de Valparaíso en 1903 y la Semana Roja, de octubre de 1905.
Es probable que los estallidos de violencia callejera que podemos presenciar a partir de 1900 ya no se expliquen únicamente por el desborde de los
sectores populares marginales, que no se sentían representados por los grupos más organizados. La actitud cerrada del Estado y los patrones conducía con facilidad hacia el enfretamiento callejero, como veremos más adelante. Adicionalmente, por esa época surgió una visión ideológica que trató de proyectarla violencia con fines de redención social. Por lo menos en el discurso, se hizo frecuente una cierta idealización de la violencia entre los anarquistas. En todo caso, no hay indicios de que tal radicalidad haya tenido muchos seguidores. En los primeros años del siglo XX ya empezamos a apreciar el predominio de movimientos laborales que se orientaban hacia la negociación. El formato se repetía una y otra vez: pliego de peticiones, comisiones negociadoras, intentos de llegar a acuerdo, llamados a la racionalidad y la justicia de las demandas, algunas escaramuzas callejeras. Si bien la violencia no era descartada del todo, se mantenía en un plano secundario, funcional al proceso. Cuando se utilizaba, se trataba de una violencia instrumental. Así, la huelga en su formato moderno era una paralización programada de las actividades laborales con fines reivindicativos, es decir, para conseguir el logro de algún beneficio.
5.- La Cuestión Social: los intelectuales, los políticos y la Iglesia
Aunque varios intelectuales, políticos y escritores pusieron atención a los efectos que la modernización capitalista estaban produciendo en la sociedad, fue en la década de 1880 que esto se hizo más evidente. La pobreza material, los abusos de poder y la desprotección en que vivían los sectores populares, incluidos los trabajadores, no eran nuevos y no habían pasado inadvertidos para la propia clase dirigente. Ya durante el período colonial se ponia atención en ese tema: se desarrollaban acciones de caridad, entre ellas, la repartición de comida en los templos y la recepción de niños abandonados en los hospicios, etc. En el siglo XVIII y en los años cercanos a la Independencia, el tema fue discutido en algunos sectores intelectuales (por ejemplo, Manuel de Salas) y por las autoridades. La causa de los males sociales era atribuida a la ignorancia del pueblo, la ausencia de una adecuada formación laboral, el espíritu de imprevisión y los conocidos vicios populares. El conflicto social todavía no se planteaba en esos términos, pero la pobreza material y moral o bien la degeneración del pueblo estuvo presente en el debate durante todo el siglo XIX. Esta antigua preocupación por la condición de las clases bajas y los trabajadores fue afectada por las ideas liberales, las que, en su versión más ortodoxa en los años 1860 y 1870, barrieron con los últimos vestigios del proteccionismo colonial. Un ejemplo visible de este giro se observa en los Códigos de Minas. El de 1866, que nunca llegó a aplicarse, todavía incorporaba medidas de resguardo (por ejemplo, un mínimo de edad para el trabajo subterráneo; cierto control técnico sobre las condiciones de los laboreos). El Código de 1888, sin embargo, terminó con estas cláusulas y dejó en plena libertad a los particulares. La cuestión social, como concepto y como realidad social, surgió a fines del siglo XIX., a consecuencia del nuevo modelo económico y social. La urbanización, el proceso de proletarización, la protesta social organizada y los primeros indicios de ideologías revolucionarias plantearon un escenario distinto al tradicional. El principal cambio se produjo en las formas tradicionales de socialización, lo que generó un ambiente de inseguridad, inestabilidad y desintegración. Por lo menos así lo percibió la clase dirigente que comenzó a hablar de la cuestión obrera o la cuestión social. El texto que marcó un hito fue una serie artículos publicados en el diario La Patria de Valparaíso, en 1884, luego editados con el título de La cuestión social. Su autor, Augusto Orrego Luco, planteaba los principales problemas sociales que enfrentaba el país, ofrecía una explicación de sus causas y entrega propuestas de solución. Según Orrego, la emigración de mano de obra, la miseria del pueblo y la alta mortalidad eran producidas por las condiciones económicas y sociales del país. Pero la propia pobreza generaba una situación de marginalidad, ignorancia y promiscuidad que empeoraba aún más la situación. La solución exigía una política más activa del Estado, que debía abandonar el extremo liberalismo. Los salarios debían aumentar, así como los empleos estables, se debía impulsar la educación obligatoria, proteger la industria, resolver la situación agraria y mejorar la condiciones higiénicas. Detrás de una percepción generalizada de preocupación por el clima de agitación social (algo muy visible en años especialmente revueltos, como 1874, 1875, 1888, etc.), circularon muchas explicaciones sobre las razones de este fenómeno. En el debate surgieron voces favorables a la educación técnica, las campañas anti-alcohólicas, la inmigración de obreros europeos, el fomento de la caridad y la filantropía (que favorecían en particular a las niñas y niños, lasmujeres) y el control de la higiene pública. En cuanto al obrero, el problema de la vivienda fue objeto de algunas iniciativas. Por ejemplo, en 1891, el filántropo Melchor Concha y Toro y su esposa Elena Subercauseaux financiaron el levantamiento de la Población León XIII (en el sector Bellavista). Un par de décadas mas tarde, en 1911, se inauguró la Población Huemul, orientada a los artesanos. El tema estrictamente laboral surgió tímidamente y en forma tardía. Las propuestas de regulación en materia laboral fueron planteadas por jóvenes intelectuales de la clase alta y de los sectores medios, muchos de ellos influidos por el debate intelectual europeo: Juan Enrique Concha (1898), Jorge Errázuriz Tagle (1906), Luis Malaquías Concha (1907), Eduardo Fontecilla (1907), Javier Díaz Lira (1908), Carlos Roberto González (1908), Rodolfo Marín (1909), entre otros. Las temáticas eran muy similares: la cuestión obrera, las huelgas, el salario, los mecanismos de conciliación, la participación en las ganancias, etc. Casi todos se habían formado en la Universidad de Chile, en especial es su Facultad de Derecho. La Iglesia, por su parte, aunque en un principio tímidamente, formuló su propia respuesta ante la cuestión social. En las pastorales publicadas por Mariano Casanova en 1891 y 1893, con ocasión de la aparición de la Encíclica Rerum Novarum, el arzobispo fustigó el socialismo, calificándola de doctrina desquiciadora, que amenazaba los fundamentos de la naturaleza humana al proponer el principio de la igualdad y propociar el reparto de los bienes. La desigualdad de condiciones y de fortunas nace de la desigualdad de talentos. No era obra humana, sino divina. Dios había repartido la fortuna según su buen parecer, y ello no podía ser cuestionado. Si los pobres tienen menos fortuna, en cambio tienen menos necesidades. Son felices en su misma pobreza. Los socialistas intentaban que los pobres perdieran este sentimiento de resignación cristiana y alentaban la envidia y el odio hacia los ricos. Para contrarrestar esta situación, ricos y pobres adoptar una conducta acorde con la moral cristiana: los primeros siendo desprendidos y caritativos y los segundos adoptando una actitud resignada y laboriosa. El Estado debía dictar buenas leyes, mejorar la condición de los obreros y reprimir los atentados contra la propiedad; así como fomentar la educación religiosa y las buenas costumbres. Había que fundar sociedades de obreros católicos, dirigidas por hombres virtuosos y prudentes. Como se puede apreciar, la Iglesia chilena tuvo un limitado interés por cambiar el estado de cosas. El periódico más cercano a ella, El Diario Ilustrado, no promovió la legislación social. En su opinión, era más importante estabilizar la moneda, reformar los impuestos y favorecer la educación. La legislación laboral podía esperar. Solo con ocasión del proyecto conservador de 1919 se mostró más´favorable, pero siempre que primara la prudencia y el pragmatismo, ya que Chile era una economía joven y pujante, que necesitaba de más mano de obra, trabajadores preparados y responsables y no medidas artificiosas y exageradas. Aunque el itinerario del debate sobre el conflicto social observa una creciente aceptación de las demandas de los sectores populares, no fueron pocas las resistencias, las ambigüedades y los giros que se derivaban de situaciones coyunturales. En 1907, por ejemplo, la Sociedad Nacional de Agricultura reconocía que podía haber causas justas en las demandas obreras, pero seguía insistiendo en el papel de los agitadores, ociosos, vagos, holgazanes y explotadores del pueblo, que se aprovechaban de su ignorancia e ingenuidad. Pronto surgió la idea de que el control sobre los extranjeros podía ser una forma de contener el avance de las ideas disolventes, como se estaba haciendo en Argentina. La legislación fue promulgada tardíamente, en 1918. El hijo del matrimonio Concha y Toro-Subercaseaux, el joven Juan Enrique, escribió en 1898 Cuestiones obreras, donde hizo un diagnóstico que resumía el enfoque social cristiano: la cuestión social era la consecuencia directa del quiebre de un orden natural armónico. Tenía tres causas: la propaganda antirreligiosa, con el consiguiente debilitamiento de los valores católicos; la influencia de la propaganda socialista, apoyada en la ignorancia e ingenuidad del pueblo; y la indolencia de la clase dirigente que había abandonado al proletariado. Las soluciones que proponía Concha se orientaban en tres direcciones: el patronato social e industrial (es decir, la obligación social de los ricos, quienes debían asumir su responsabilidad al igual que un padre); la educación religiosa (que debía poner atajo al laicismo) y la legislación social. Una perspectiva mucho más radical tomó cuerpo en los años siguientes, lo que queda reflejado en la literatura del Centenario, es decir, en los textos que se escribieron con ocasión del balance político de los cien años de vida republicana. Uno de los más descarnados fue el que publicara el profesor Alejandro Venegas, Sinceridad: Chile íntimo en 1910, bajo el seudónimo de Dr. J. Valdés Canje.
6.- La mujer proletaria
Ya hemos visto que la presencia de la mujer en la actividad laboral se observaba en el período colonial principalmente en el campo (a veces como parte de las obligaciones del inquilino), tanto en labores domésticas (costura, tejido) como agropecuarias (cultivo, crianza de animales). También hay registro de mujeres con hijos que se dedicaban al lavado de minerales en los ríos y en el comercio callejero de las ciudades. En la década de 1840, apareció una nueva forma de producción, asociada al capitalismo mercantil que logró abastecer algunas necesidades de la vida urbana. La producción masiva de vestuario, por ejemplo, se realizó utilizando la mano de obra femenina disponible. Las antiguas costureras pasaron a depender de mercaderes que entregaban la tela y las indicaciones técnicas, realizando su tarea al interior de las casas, con ayuda de las nuevas máquinas de coser. Hacia 1880 el escenario cambió con el incipiente proceso de urbanización e industrialización. A los oficios típicos que desempeñaban las mujeres de ciudad (costureras, lavanderas, amasanderas), realizados en el propio hogar o en pequeños locales, se agregaron aquellos que requerían la permanencia en una fábrica o en oficinas. En el caso de las fábricas, las mujeres se concentraron en las de vestuario, cigarrillos, fósforos, sombreros, cerámica, vidrio y envases, y en ciertas secciones que se dedicaban al decorado y el empaque. También hubo una alta concentración de mujeres en oficios nuevos, ligados a las tecnologías de transporte (eran las cobradoras en los tranvías) y comunicaciones (operadoras de teléfono). La expansión del comercio también requirió mujeres como dependientes de tiendas. En las fábricas, la mujer proletaria se puso en contacto con hombres, durante largas jornadas, abandonando sus tradicionales labores vinculadas con oficios femeninos, como la servidumbre y la costura. Además, a partir de la década de 1880 comenzó a participar en organizaciones mutuales femeninas, desarrollando puestos de representación. Surgió así una contradicción central. Un proceso de modernización deseable y alabado por todos comenzaba a alterar los patrones culturales de la época, fuertemente influidos por la Iglesia. Las mujeres tomaban contacto con un entorno peligroso, que parecía alterar los roles tradicionales y encaminar a la sociedad fuera de los límites de la moralidad. Aunque la presencia de mujeres en el trabajo fabril intentó ser contenida, su presencia no parece haber disminuido sino muy tardíamente. Con todo, en este esfuerzo, el trabajo a domicilio pasó a ser valorado como una solución aceptable, que lograba conciliar las necesidades de la industria moderna con las funciones domésticas de la mujer. Pero, además del impacto que provocó en la clase alta, la inserción laboral de las mujeres afectó el espacio laboral y la vida sindical dominada por hombres. Las demandas específicamente femeninas surgieron con facilidad, debido a los menores salarios que recibían, el exceso de jornadas y la ausencia de resguardos para las mujeres embarazadas. La especial explotación que se ejercía sobre ellas las convirtieron en un objetivo claro para las proclamas revolucionarias, que llamaban a denunciar estos abusos y a buscar en ellas aliadas importantes en la lucha por la emancipación. En un primer momento, las mujeres fueron incorporadas con entusiasmo en el discurso anarquista y comunista, por la contribución que podían hacer al proceso. Pero, con el tiempo, surgieron dudas sobre tal papel, en parte por los resultados de la lucha sindical, donde no siempre contaban con su apoyo; y el atractivo de las demandas cívicas de la mujer (en especial, el derecho al sufragio) que los grupos anarquistas veían con sospecha.
7.- La polítización popular: reformismo y revolución
La cuestión social se transformó pronto en un asunto político. La protesta, el descontento y la rebeldía de los sectores populares se encauzaron hacia una creciente politización. Esto se expresó en el surgimiento de estructuras orgánicasestables, una plataforma programática y demandas hacia el Estado. La resistencia de las sociedades mutuales a su politización fue relativa y muchas veces aparente. La preocupación por ver representados sus intereses en el poder político nunca se abandonó. Fueron abundantes las demandas que levantaron frente a los sucesivos gobiernos en torno a una ampliación de los espacios democráticos y la defensa de intereses económicos. En un comienzo esto se hizo a través de los canales establecidos, en alianza con algunos sectores políticos, de militancia liberal y radical. Pero este camino dio muestras de su agotamiento en la década de 1870, dándose inicio a una etapa distinta. Para unos, la salida fue el abandono de la esfera política y electoral, recluyéndose las organizaciones en la vida interna. El resto intentó levantar un proceso de politización autónomo, sin depender de estructuras partidarias ajenas. Esto se produjo a través de tres caminos sucesivos: a) las candidaturas obreras, sustentadas principalmente por clubes políticos populares; b) la creación de partidos políticos populares y c) el surgimiento de una crítica más profunda a la sociedad capitalista. a) Las primeras candidaturas obreras surgieron en 1882, con el apoyo de agrupaciones políticas populares y periódicos de igual extracción, que cumplieron un papel relacionador entre instituciones. Se profundizaron, así, los vínculos entre ellas. La experiencia se repitió en 1885, aunque su fracaso fue mucho mayor debido al intervencionismo descarado que se produjo ese año. Esta mayor autonomía en la acción electoral no se reflejaba al nivel de las candidaturas presidenciales, donde se siguió apoyando a los políticos de la clase alta que parecían ser más sensibles a las propuestas de los artesanos. En 1886 ese papel lo cumplió José Manuel Balmaceda. En el periódico Los ecos del taller, de Valparaíso, se planteaba este discurso más radical en 1887: Ya es tiempo que todos los hijos del trabajo reunidos en sociedad se unan en un solo cuerpo y hagan el poder y fuerza de la república. Hasta entonces, nosotros los hijos del pueblo, solo habían servido de vil instrumento de los hombres que poseían el oro. El proletariado debía ser respetado. ¡Si todos nos unimos cual un solo hombre, podemos con nuestro voto llevar al poder verdaderos representantes de nuestros derechos; hijos del pueblo que hayan manejado la herramienta del trabajo y que sepan cuanto le cuesta al proletariado ganarse el pan de cada día! 8. b) En 1887, se materializó el segundo camino, con la fundación del Partido Demócrata. A diferencia de los clubes políticos de extracción artesanal y obrera, que ya habían surgido desde la década de 1860, este partido tuvo una existencia más estable, un programa más definido y mayores éxitos en el plano electoral. Su formación tuvo un componente adicional, ya que en este proyecto confluyeron no sólo sectores artesanales (y obreros en menor proporción), sino también intelectuales. Quizás no habría pasado de ser un grupo político más de no haber participado en los sucesos de 1888, la huelga de los tranvias. Aunque por entonces el Partido Demócrata era un grupo pequeño, la represión que se aplicó contra su directiva los recubrió de gran prestigio ante el pueblo. Pero su base doctrinaria difusa provocó pronto roces entre un ala encabezada por Malaquias Concha (dispuesto a participar en responsabilidades de gobierno con liberales y radicales) y el grupo de Bonifacio Veas y Recabarren (quienes promovían una definición más clara en torno al ideario socialista). c) En la década de 1890 se agregó un tercer camino cuando se comenzó a recibir de un modo más visible la influencia de ideas de redención y revolución social de origen europeo: el marxismo en sus distintas variantes y el comunismo libertario. La influencia ideológica ya se había iniciado con anterioridad, pero en especial había afectado a intelectuales. Fue el caso de Proudhom, Lamartine y Fourier, conocidos por Francisco Bilbao, Santiago Arcos, Fermín Vivaceta y Ramón Picarte. Hacia fines del siglo XIX el escenario había cambiado. El marxismo y el anarquismo planteaban la sustitución del capitalismo y comenzaba a penetrar en sectores populares ilustrados. En 1893 apareció El oprimido, el primer periódico que se definía como anarquista, editado por el Centro de Estudios Sociales. En 1896 apareció otro, El grito del pueblo, editado por el Centro Social Obrero. En un comienzo estas ideas fueron asimiladas de un modo abierto y desprejuiciado, sin límites partidarios ni ideológicos muy definidos. No había propiamente marxistas ni anarquistas. Si seguimos el recorrido ideológico de algunos dirigentes, su trayectoria nos parece errática, zigzagueante y poco definida. Pero, considerando la época, esto refleja más bien una búsqueda que todavía no concluía. Varios militantes demócratas se sintieron atraidos por las ideas libertarias. Fue el caso de Alejandro Escobar y Carvallo, quien transitó simultáneamente entre el anarquismo y el socialismo. Algunas de estas ideas comenzaron a canalizarse al interior del Partido Demócrata, lo que dio origen a una vertiente socialista y obrera dentro de ese partido. Pero también estas nuevas ideas crearon espacios propios, como fue el caso de la Unión Socialista. La definición ideológica y la delimitación clara del contenido de estas corrientes socializantes vendría en las décadas posteriores, ya en el siglo XX. Lo común de todas estas corrientes revolucionarias era la propuesta de transformación radical y profunda de la sociedad, y su sustitución por otra, basada en principios distintos: hermandad, propiedad comunitaria, tolerancia, libertad, justicia social, ausencia de explotación, felicidad plena para hombres y mujeres. Era un ideal difuso, ambiguo aun, pero que en la época no podía delimitarse con claridad, considerando que las únicas experiencias socialistas exitosas estaban reducidas a pequeñas colonias de escasa proyección. Todos los caminos propuestos, desde la utilización de los métodos electorales hasta las propuestas de ruptura radical con el modelo capitalista, se enfrentaron en una ácida pugna orientada a ganar posiciones dentro del movimiento sindical. La principal tribuna que se usó con este objetivo fue la prensa popular.
8.- La prensa popular
La difusión de los ideales de redención social (por medio de la ilustración del pueblo, la participación política, la protesta social, según fuera el caso) se realizó, entre otros caminos, a través de la prensa. Desde la década de 1890 ya podemos observar el surgimiento, esporádico al comienzo, de publicaciones que buscaban asentar un discurso autónomo de los trabajadores organizados. A veces se trataba de prensa estrictamente sindical o gremial. En otros, de organizaciones político-ideológicas que contaban con trabajadores entre sus filas. A diferencia de la prensa que surgió y se desarrolló entre 1813 y la década de 1880 (orientada hacia pequeños grupos, y por tanto de escaso tiraje, que apenas sobrepasaba los 500 ejemplares), la nueva etapa que inició la prensa a partir de la Guerra del Pacífico estuvo dominado por objetivos distintos. Se trataba de llegar a un público masivo (los tirajes se elevaron de 10 a 70 mil) con un interés por sobre todo comercial, al que se sumaba una determinada orientación política. La masa de lectores se había ampliado con la escolarización y la política de salón había dado paso a una incipiente política de masas, como efecto de la ampliación del derecho a voto. Los ámbitos que cubrió la prensa fueron más amplios, incluyendo noticias, reportajes, denuncias, entretención y avisaje comercial. En ese contexto surgió la prensa laboral, donde las distintas organizaciones de trabajadores hacían presente su mensaje. La expansión que comenzó a tener la prensa popular era ilustrativa de los niveles de autonomía y politización que las organizaciones populares iban alcanzando. En la década de 1890 se hacía necesaria la difusión del proyecto político propio. Las sociedades mutuales tuvieron sus periódicos, así como las sociedades en resistencia, los centros de estudios sociales, las mancomunales. Algunos se distribuían esporádicamente, y tenían un contenido que privilegiaba los aspectos doctrinarios o políticos. Ejemplos de estos periódicos fueron El grito del pueblo (Santiago, 1896); El rebelde (Santiago, 1898); El martillo (Santiago, 1898); La tromba (Santiago, 1898), Siglo XX (Santiago, 1901), etc. La posibilidad de mantener estas publicaciones quedaba en manos de un pequeño grupo de dirigentes. Los que surgieron al alero de organizaciones sociales fueron más duraderos. Uno de ellos fue El trabajo (Iquique, 1901-1908), órgano de la Combinación Mancomunal de Obreros de Iquique. A partir de 1917 la prensa aumentó en frecuencia y los títulos se multiplicaron. A esos años corresponden periódicos que marcaron época: Acción Directa (Santiago, 1920-1927) y Verba Roja (Valparaíso-Santiago, 1918-1927), todos ellos de tendencia anarcosindicalista. Los socialistas del POS, luego comunistas, llegaron incluso a mantener prensa que tenía poco que envidiar a La Nación o El Mercurio, en cuanto a la variedad de contenidos y frecuencia de circulación. Un ejemplo en ese sentido fue El Despertar de los Trabajadores, de Iquique. Pero el que avanzó más en el formato diario fue La Federación Obrera (después bajo el título de Justicia), editado en Santiago (1921-1927), que resulta indispensable para reconstruir la historia de los sectores populares organizados. Otros diarios, sin ser propiamente obreros, comenzaron a tener páginas dedicadas a los temas sindicales. Así sucedió con La Opinión. Incluso El Mercurio y El Diario Ilustrado dieron cabida a las noticias laborales, probablemente para atraer a los potenciales lectores obreros.
9.- La cultura proletaria: ética del trabajo y vida cotidiana
Lo que algunos consideran una manifestación de la conciencia social del proletariado, otros la califican de cultura obrera. El debate es antiguo y nos remite al valor que, unos y otros, le atribuyen a la politización consciente, racional, programática y militante o bien a la vivencia inconsciente, emocional e intuitiva. Quienes se han inclinado por reconocer la existencia de una cultura obrera han puesto atención en el conjunto de valores, actitudes, creencias que dieron origen a una subjetividad peculiar, con fuerte identidad, y que no requirió de una determinada ideología para su existencia (aunque bien pudo influir), sino de un conjunto de experiencias cotidianas.
La ética del esfuerzo
El proyecto mutualista incluía una ética casi ascética- del esfuerzo, como lo hemos señalado más arriba. En las últimas décadas del siglo XIX, y sobre todo durante el siglo XX, a esta cultura se le agregó un contenido más político. Sea por influencia de las ideas anarquistas y marxistas, o bien como proyección del mutualismo, comenzó a hacerse visible una identidad popular basada en la noción de trabajo, en oposición a la improductividad y el parasitismo de las clases ociosas, acumuladoras de riqueza en base a la renta, la especulación y la usura. Cabian dentro de esta categoría no solo los patrones, sino también las funciones propias de una sociedad basada en la dominación: es decir, los militares, los sacerdotes, los patrones y la servidumbre. En este sentido, el trabajador era considerado, a la vez, una persona perteneciente a una clase sometida y explotada, y un sujeto protagonista y creador. Veamos estas ideas expresadas en un periódico de la época: La acción de nuestro brazo y de nuestro intelecto confecciona cuantas maravillas contempla la ávida humanidad: palacios soberbios, bronces inmortales, la unión de los mundos, la electricidad, preciosas joyas, ricas telas [...]. Todo existe, es verdad, pero para que lo disfruten los ociosos, contentándonos nosotros con arrastrar una existencia vergonzosa y despreciable. Todas las fortunas de la humanidad las produce la mano del trabajador para no poseer nada 9. Tanto en el discurso revolucionario como en el menos radical, las clases altas eran calificadas de innecesarias. El único factor verdaderamente productivo era el trabajo. Muy ilustrativo de esto era un lema muy común que se usaba en las manifestaciones, que denotaba un evidente orgullo proletario: abrid paso a los productores. Obviamente esta sensibilidad contrastaba con la débil disciplina laboral, que avanzaba, pero con grandes dificultades. Los reclamos patronales por el ausentismo de los trabajadores (especialmente los días lunes) proliferaron hasta avanzados los años 40. Por parte de los mismos dirigentes sindicales se hacían esfuerzos por imponer una ética de la responsabilidad. Pero no en términos de someterse al control de los empresarios, sino como una muestra de la necesaria moralización del pueblo, una fase necesaria para su propia emancipación. A la explotación patronal se sumaban las propias cadenas que ataban la conciencia proletaria:
la prostitución, el alcoholismo, los juegos de azar.
La vida de los trabajadores transitó, en estas décadas, entre la ética del trabajo y el ascetismo (basado en la idea del sacrificio presente) y el goce de los placeres del presente (vivir el día). Este fue un legado del siglo XIX que no logró ser superado. Las diferencias estaban basadas, en buena medida, por el ámbito laboral específico (más o menos integrado), pero también por el nivel de calificación y el grado de penetración del discurso moralizante.
Las prácticas cotidianas
En el último tiempo se ha avanzado en el conocimiento de la cultura obrera que estuvo presente en los comienzos del siglo XX. Pedro Bravo Elizondo ha estudiado, por ejemplo, la expansión que tuvo el teatro obrero en las ciudades y en la pampa salitrera. No solo se representaban obras, también se compusieron algunas piezas teatrales con contenido social (como las de Recabarren). Importancia similar tenía la poesía popular, tanto la de origen tradicional (campesina) como la obrera. Dentro de la primera deben considerarse los versos a lo humano y lo divino, distribuidos oralmente y a través de hojas que se vendían en la calle. En la literatura obrera se incorporó con mayor fuerza el mensaje político. Ambas vertientes literarias tuvieron acogida en la prensa popular, aunque la creciente politización le dio mayor importancia a la poesía obrera. A través de la prensa popular es posible observar el tipo de conductas que se deseaba transmitir al conjunto de los trabajadores. Las campañas contra el alcoholismo, la prostitución, el juego y otros vicios eran frecuentes, lo que habla del interés por divulgar estos ideales, y la dificultad de llevar a cabo esta tarea. Muchos dirigentes comunistas y anarquistas trataban de dar un ejemplo de vida 9 El trabajo, Tocopilla, octubre/1903. que fuera un ejemplo de entrega personal y consecuencia moral con el ideal revolucionario. Pero el común de los obreros estaba muy distante de seguir sus pasos. No hay indicios, por ejemplo, de que las múltiples campañas anti- alcohólicas hayan dado frutos positivos. El ascetismo que propiciaban los dirigentes obreros, impregnados del valor del sacrificio, la temperancia y el esfuerzo, probablemente tuvo una limitada aceptación. Pero, con todo, este estilo de vida generó una alta estimación hacia los lideres sindicales, incluso por sobre las diferencias ideológicas. Si bien hubo casos de corrupción, estos fueron excepcionales, y predominó un respeto generalizado por la figura del dirigente sindical. Algunos de ellos, como sucedió con Magno Espinoza y Luis Emilio Recabarren, recibieron un reconocimiento masivo al momento de su muerte (1906 y 1924, respectivamente).
